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Cocaína en los colegio ABC1 de Santiago PDF Imprimir E-Mail

2010-07-25

El consumo en escolares del barrio alto

Cocaína en el colegio  

La última encuesta del Conace no sólo reveló un alza en el uso de la cocaína en adolescentes. También mostró que muchos de ellos creen que no hace daño. Aquí, cuatro jóvenes adictos y un dealer del barrio alto hablan con "Sábado". Con ellos recorrimos la ruta de la droga por Las Condes y Vitacura.   

Por ARTURO GALARCE 

 

Los detalles que hay que saber sobre este par de adolescentes son que ambos tienen 16 años cumplidos, y que cada uno es hijo de padres separados y católicos que poco saben de sus vidas. Que las fosas nasales de Daniel son estrechas y alargadas, y las de Jaime, en cambio, tan anchas que bien podría esnifarse un dedo gordo completo; que en supermercados roban carne, chocolates, alcohol, y que reducen todo en almacenes del barrio.

 

Cada uno ha sido expulsado de un sinfín de colegios privados, subvencionados y municipalizados de la zona oriente de Santiago, y eso poco les importa. Cualquiera de los dos, si se le pregunta, carece totalmente de sueños. También de expectativas. ¿Planes a futuro? Los de esta noche: entrar a una disco, conocer "una minita", jalar algunos gramos.

 

Las Condes. 22.00 horas. El parque donde estamos sentados, a pocas cuadras del Pueblito Los Dominicos, no es más que un sendero largo, rodeado de árboles y bancas donde adolescentes aprovechan el espacio para beber y drogarse varias veces por semana. Ahí está Daniel, por ejemplo, y ahí está Jaime: flacos, espigados, rubios, y descarriados. Es una noche de miércoles y el frío atraviesa la garganta como un puñado de espinas.


La pregunta es: ¿cuánta cocaína se han metido en el cuerpo?

 

Daniel: Igual jalamos harto. No somos angustiados como los pendejos de otros lados, pero nos gusta... Ponle ahí que nos gusta harto el vicio y vacilar en la plaza.

Jaime: Si sacái cinco gramos los jalamos altiro.

 

Daniel recuerda que a los 15 años aspiró su primera línea aguijoneado por un grupo de amigos mucho mayores que él. Fue un acto decidido, en mitad de un carrete, y del que no se arrepiente, asegura. "La verdad: estuvo ahí no más, perro... Era pura mierda. No era buena calidad", sentencia, frunciendo el rostro que a la luz de los faroles luce varios años menor.

 

"¿Yo?, a los 14", agrega Jaime, que tiende a hablar siempre después de su amigo. "Pero como que no cachaba muy bien lo que significaba estar duro, así que no lo disfruté tanto. Ahí empezamos a darle, sí, y cuando se podía jalábamos. Ahora ya sabemos. Ya cachamos cuál es un buen producto", asegura.

Un buen producto, para ambos niños, es una droga lo menos pateada (alterada) posible y, por lo tanto, difícil de conseguir. Un buen producto alcanza fácilmente los 10 mil pesos y equivale, según Daniel, a cuatro líneas finas pero suculentas de cocaína bien amarga. La misma que obtienen en poblaciones de la periferia, o marcando el número celular de algún dealer amigo. "Si tenis una buena mano (dealers), estái salvado. Esas manos no se dicen, obvio. Son para uno no más".

Hoy Daniel se jacta de tener 50 mil pesos en los bolsillos que gastará íntegramente en el carrete de esta noche. Ya lo hizo hace un par de meses, recuerda entre risas, cuando junto a Jaime desembolsó 80 mil pesos a cambio de una buena cucharada de droga. Sólo alcanzaron a esnifar cinco gramos antes que carabineros de la 17 Comisaría de Las Condes los tomara presos por beber en la vía pública. Los otros 15 gramos de cocaína, bien ocultos en los testículos de Daniel, los consumieron a la salida.

 

ORIENTE AL DIVÁN

 

"En estricto rigor, los casos de jóvenes relativos a cocaína han sido mínimos", dice muy serio el comisario Mauricio James, de la 17 Comisaría de Las Condes. Con el mismo tono reconocen desde la 37 Comisaría Vitacura y en la 53 de Lo Barnechea, donde coinciden plenamente con James: "Sabemos que el fenómeno existe. Pero también que la práctica -de consumir cocaína- es más bien íntima".

Íntima, claro, hasta que el Octavo Estudio Nacional de Drogas en Población Escolar, del Conace, revelara, el mes pasado, que el 2,8 por ciento de adolescentes de colegios privados aspira cocaína con regularidad. Realizado entre alumnos de 8º básico a 4º medio, también detectó el aumento del consumo escolar de cocaína y que el 17 por ciento de los jóvenes cree que no hace daño. Lo mismo respecto de la marihuana: aunque su uso se mantiene más o menos estable, el 41 por ciento de los escolares no la considera dañina. 

El estudio del Conace apareció una semana después de que la Organización de las Naciones Unidas ubicara a Chile en el segundo lugar de consumo de cocaína en Latinoamérica, y más preocupante aún: como el primero en la categoría "estudiantes consumidores entre 13 y 18 años".

Macarena López tiene 41 años y nunca ha consumido cocaína. Ella es psicóloga de la Unidad de Adolescencia de la clínica Santa Sofía de Las Condes y del recién inaugurado Centro de Salud Mental Nevería, de la misma comuna. Experta en adicciones y adolescentes, explica que antes de cualquier enfrentamiento con el tema es "importante aclarar que la mayoría de los jóvenes están cumpliendo con las tareas de su edad: estudian, salen y carretean. Algunos prueban ciertas cosas en el contexto de conductas de riesgo para ir definiendo su identidad, pero igualmente luchan por sus vidas". La mayoría de los casos tratados por Macarena son chicos de colegios privados como Daniel y Jaime, que han admitido su adicción o están en proceso de ello.

Macarena asegura no tener ninguna estadística significativa al respecto, sin embargo reconoce un dato evidente: cada vez son más los adolescentes que requieren rehabilitación por adicción a drogas duras como la cocaína.


¿Cuál es el perfil de ese 2,8 por ciento? Según López, se trata de jóvenes desmotivados, afectados por distintos factores externos e internos como: disfunción familiar, problemas de rendimiento, o diagnósticos complejos no tratados, como trastornos de personalidad, ansiedad, bipolaridad o déficit atencional. "Esos trastornos hacen que los jóvenes estén muy desequilibrados por dentro y busquen sentirse mejor en las drogas".

Y agrega: "Un lolo con déficit atencional es alguien que nada le sale, nada le resulta. Un lolo con bipolaridad se siente muy descompensado, muy revuelto. Son cabros que muchas veces van pasando a grupos más marginales, que en general no andan bien y que no logran encontrar fuentes de autoestima, o de agrado en lo que los demás sí encuentran. Y las drogas son ricas, son atractivas. Se sienten bien con ellas. Además que la cocaína se relaciona con trastornos de ánimo porque la coca sube".

 

EL SÍ DE LAS NIÑAS

 

Al otro lado del teléfono, la voz delgada de Andrea se detiene sólo cuando cree que sus padres llegaron a casa. Cuando eso suceda, advierte, cortará sin previo aviso. Ahora continúa: "Ya. Los pitos son pa' ponerse rélax, ¿cachái? La falopa, en cambio, te prende más para el carrete. Yo prefiero la falopa", cuenta, como si hablara de cosméticos con una compañerita agrandada. Andrea tiene 14 años y cursa primero medio en un colegio municipal de Vitacura, la misma comuna donde vive.

Su acercamiento con la cocaína, cuenta, comenzó al mismo tiempo en que los constantes cambios de casa y la tensa relación de sus padres la llevaron a pasar más tiempo carreteando o pasando días en casas de amigos. Su primer encuentro con la droga fue justamente en casa de amigos, un año atrás. Andrea recuerda: "Esa vez estábamos en al casa de un amigo y ahí me dijeron: 'Oye, ¿querís probarlo?'. Ya habíamos tomado vodka y ron y sacaron como dos gramos de falopa y empezaron a tirarse líneas", cuenta haciendo breves pausas, atenta a los sonidos que vienen del primer piso. "Yo no sabía cómo hacerlo eso sí po, no sabía cómo mandarme una línea, así que me dijeron que sacara el pase (escolar). Préstamelo, me dijeron, y pusieron un poquito en la punta. Después me dijeron que me lo pusiera en la nariz, que tapara el otro hoyito, y que respirara fuerte. ¡Me hice mierda! Me dolió un poco y altiro me empecé a acelerar...".

Antes de cortar el teléfono y bajar a cenar con sus padres, Andrea explicaría que conseguir cocaína es algo fácil. Que en más de alguna oportunidad, y con sólo publicarlo en su nick de Messenger, amigos cercanos han conseguido datos de dealers a quienes recurrir en busca de droga.

"O si no, en los carretes siempre alguien tiene", agrega ahora Francisca, también de Vitacura. Francisca tiene 16 años y la voz grave como si pasara la mayor parte del tiempo resfriada. Cursa segundo medio en otro colegio municipalizado de la comuna. Según ella, el  consumo de cocaína en adolescentes en edad escolar es más común de lo que se piensa. "Todos creen que la gente de clase social más alta no hace esas hueás y todo. Pero en verdad es peor, porque aquí hay más plata y tiempo libre para consumir bastante. Y es porque uno quiere, cachái, no por lo que dicen los psicólogos que las drogas te hacen olvidarte de la realidad, eso es mentira. Uno lo hace de rebelde, no más. Aunque igual en mi influenció la separación de mis viejos, pero después si lo hago es para llamar la atención, ¿cachái? Por eso te digo, en los carretes siempre alguien tiene, y sino, hay que ir a poblaciones a alguna mano conocida. Se va en auto, o a pata, depende igual. Yo he ido hasta en micro, pero a comprar marihuana a un cerro en Lo Barnechea".

 

AL DEALER NO LE IMPORTA

 

De vez en cuando las páginas policiales de los diarios nos devuelven a la comedia terrestre con noticias como estas: "Mujer intenta pasar cocaína a Chile escondida en globos entre sus senos"; o "PDI detiene a peruano no vidente que transportaba 150 ovoides de clorhidrato de cocaína en el interior de su organismo".

 La cocaína entra todos los días y llega -de una u otra forma, más o menos pura- a los bolsillos de tipos como este:
 Jueves. 16.30 horas. En algún lugar de La Reina.

El Pomelo -que en realidad no se llama Pomelo- es lo que Daniel y Jaime calificarían de inmediato como un dealer. Para el resto del mundo, incluido algunos amigos y familiares, este hombre gordo y moreno de 29 años no es más que un padre responsable de tres hijos, reggaetonero acérrimo, y pelotero habitué de las canchas de su barrio. El Pomelo es precisamente el sujeto que los padres de Daniel, Jaime, Andrea, y Francisca jamás imaginarían cerca de sus hijos.

 Su silueta gruesa recorta la vista hacia la cordillera nevada que hay detrás. Hoy este dealer lleva encima un polerón negro Lacoste, jeans, y un perfume tan dulce que da arcadas. Su historia como transa comenzó hace ocho años, y con sólo 20 mil pesos que utilizó para iniciarse en el negocio. "Con veinte lucas de falopa te armái", asegura. "Lo que sí, la primera no la pateái. Esa es pa' enganchar, ¿cachái? De primera tenís que venderla nítida y después le vay poniendo chuño, polvos de hornear, y pastillas molidas", explica, bajando el volumen de su voz y mirando por encima de su hombro, con cuidado de que nadie escuche lo que acaba de decir.

 "En esto siempre hay clientes", dice, refiriéndose a su cartera de hombres y mujeres de todas las edades, en la que también cuenta a niños en edad escolar que se acercan a conseguir un papelillo de cocaína. "Acá llega cualquier cabro chico cuico a comprar falopa, hueón. De Providencia, Las Condes, Vitacura, Ñuñoa, de todos lados. Y si no vienen pa' acá, atacan pa' Colón o pa' Lo Barnechea. Son pendejos, hueón. Vienen en los autos de los taitas, dándole color, lleno de pendejos atrás. Cuál de todos más loco", dice.

Le pregunto cómo llegan a él ese tipo de clientes. "Los cuicos siempre recurren a un enganche, una persona que me conoce"... La peor idea, interrumpirá antes de seguir con su discurso, es el error que varios adolescentes cometen: "Hay loquitos que de giles y angustiados se meten donde no deben sin conocer a nadie. He visto hueones que los cagan, que los cuelgan, y era por andar donde no tenís que andar. El cliente habitual no tiene problemas, pero, ¿el aparecido?". Y continúa: "A los cuicos tenís que llevarlos en buena onda. Si el hueón es bacán y está gastando plata en ti, no lo cagái. Puede que mas ratito venga de nuevo, o el fin de semana que viene venga de nuevo. Y mientras más compra, le dai su bolsita de yapa. Así el hueón invita a amigos, y uno se va salvando".

Pero cuando no hay dinero, cuenta Pomelo, los clientes están dispuestos a cualquier cosa por conseguir algunos gramos de la droga. "Les sacan las joyas a los taitas", dice, y hace una breve pausa antes de enumerar con sus dedos el resto de objetos que ha tocado a su puerta: "Aquí han llegado Play Station, relojes, chaquetas, utensilios de cocina, aspiradoras. Da risa, pero el que es vicioso, hermano, va a robar en todos lados... Estos pendejos tienen la mano. Tienen plata y no les duele gastarla. Si es un pendejo chico y pobre que quiere falopa yo no le vendo. ¿Pero con estos hueones? ¿Qué vienen de afuera y tienen monto? Puta, hermano, aquí el asunto es hambre y si querís tener plata, ahí está la plata".
 
NECESITO VICIO

 

Las Condes. 23.30 horas. El parque donde estamos sentados esta noche de miércoles se hizo chico en las mentes de Daniel y Jaime. Por eso el primero se pone de pie, echa un vistazo, y llama a un tipo a la distancia antes de avisarnos que ya vuelve. Jaime enciende el reggaetón en su celular. Por Apoquindo casi no transitan autos y los edificios salpicados de televisores encendidos titilan como naves de otro planeta. Un borracho de la plaza se acerca para cantar canciones de Los Beatles mientras levanta su chaleco, sin mediar motivo, sólo para lucir una impecable cicatriz que atraviesa todo su pecho. Jaime también tiene una cicatriz en otra parte del cuerpo. Dice habérsela ganado en una pelea callejera gracias a un botellazo que alguien reventó en su frente.

Mañana temprano ninguno de los dos asistirá al colegio particular que pagan sus padres, ni tampoco darán explicaciones por ello. "Odio los lápices. Odio los libros", dice Jaime, con el tono de un niño al que no le gusta la comida. De los colegios anteriores no conservan amistades y tampoco están interesados en forjarlas ahora. Y salvo con sus respectivas madres, ninguno tiene relación con alguien de sus familias.

Daniel ni siquiera sabe en qué trabaja su papá. Y con sus hermanos profesionales ninguno de los dos habla. "Para mí era buena igual la época en que mis papás vivían juntos", reconocería antes y fugazmente Daniel. "Me gustaba. Pero también me gusta esta volá, de verdad me gusta. Me acostumbré y no lo encuentro charcha".

Hace media hora la pregunta que respondió Daniel fue: ¿De dónde sacan el dinero para comprar la droga?


"Eso no se pregunta", dijo. ¿Mesada?, insistí. "Puede ser, puede ser".

Ahora él mismo viene de vuelta con las manos en los bolsillos entumecido de frío pero de buen humor y con algunos billetes menos. "Ya, ahora voy por lo otro", le dice a Jaime. "Tráeme dos", responde éste. Daniel aprovecha para predecir que cuando él vuelva probablemente yo no esté, lo que interpreto como una clara señal para dejarlos en paz en la previa del carrete. Le estrecho la mano, y es flaca y lacia como un trapo. "¿Tenís unas monedas para comprar una bebida pal ron?", me dice Jaime, antes de despedirse y entrar a la botillería donde antes de esta entrevista intentó vender un par de chocolates robados.

 

Por ARTURO GALARCE.

 

Revista El Sábado de El Mercurio

Sábado 24 de julio de 2010

 

 
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